jueves, noviembre 22, 2012

“ARMAS SUICIDAS”, A. J. BARKER.

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Publicado por:   EDITORIAL SAN MARTIN, S.A. / HISTORIA DEL SIGLO DE LA VIOLENCIA / ARMAS LIBRO Nº6.
ISBN:  84-7140-073-1
Edición:  1975
Páginas:  160

“Se había adoctrinado al pueblo con teorías sobre su superioridad y su misión divina de liberar el Este de la dominación occidental. Sus jefes militares habían previsto desde hacía mucho tiempo que una guerra en Europa les dejaría las manos libres en Asia, y cuando llegó estaban preparados.”

A finales del siglo XIX, Japón se había convertido en una potencia industrial pero su sociedad, aparentemente moderna, seguía anclada en la tradición feudal cuyas máximas expresiones eran la permanencia del código samurái del Bushido y el culto al emperador. Un pueblo orgulloso que jamás había sido derrotado anteriormente a lo largo de su historia por una nación extranjera. Un pueblo que se veía perteneciente a una raza superior, sentimiento con el que se identificaba plenamente en la primera mitad del siglo XX, y más, después de haber derrotado militarmente a Rusia y China. Pero con la declaración de guerra a los Estados Unidos de América, todo cambiaría. Aunque inicialmente la expansión japonesa en Asia y el Pacífico fue arrolladora con una contundente victoria tras otra, tras sufrir la derrota en las batallas de Guadalcanal y Midway, la iniciativa en el desarrollo del conflicto bélico definitivamente pasaría a manos estadounidenses hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Durante este periodo de tiempo hasta su rendición, esa férrea y ciega lealtad al emperador y a su nación, Japón, llevaría al mando militar a tomar una decisión a la desesperada basada en el uso de fuerzas suicidas como último intento de parar la ofensiva aliada que amenazaba con la conquista del inviolado suelo japonés. Y con un pueblo y un ejército dispuesto a ofrecer su vida antes que sufrir la deshonra de la derrota, las operaciones suicidas no tardarían en llegar a las líneas de combate. En las páginas de este libro podrán encontrar ese choque conceptual, moral y ético existente en aquella época histórica entre Oriente y Occidente, y que tuvo como héroes para el pueblo japonés a estos militares que pagaron con su vida al llevar estas armas suicidas hasta las fuerzas enemigas para causarles el mayor daño posible y, de esta forma, tratar de llevar al gobierno estadounidense a la firma de un tratado de paz ante el coste en vidas humanas y materiales que, con estas acciones suicidas, preveían alcanzar, salvando a la nación de sufrir una humillante derrota aunque fuera a través del sacrificio humano. Pero la realidad se mostraría completamente distinta a lo esperado y, pese a alcanzar algunos éxitos iniciales en las fuerzas militares aliadas que les causaron cierto desconcierto y temor, en su conjunto, las acciones suicidas no supusieron más que una pérdida de irremplazables hombres y materiales que acabaron convirtiéndose en un alto coste en vidas humanas para Japón para tan escasos resultados bélicos. Es verdad que los militares estadounidenses sufrieron la pérdida de algunas unidades navales importantes, pero la inmediata adopción de medidas de seguridad llegaría a convertir los ataques suicidas japoneses en actos prácticamente intrascendentes en el desarrollo de sus operaciones, y aunque los japoneses constantemente insistían en su empeño para tratar de parar la inminente conquista de su suelo patrio, el impacto destructivo fue cada vez menor a pesar del número de unidades suicidas empleadas. El poderío industrial y militar de los Estados Unidos de América era arrollador y ninguna nación en el mundo podía pararlo en una guerra, usara los efectivos humanos y materiales que usara.

“En ninguna sociedad ha sido el suicidio una institución hasta el extremo que lo fue en Japón.”

El suicidio en masa no solamente sería practicado por los militares japoneses sino también por la población civil ante la humillante perspectiva de la derrota. Pero, en esta interesante y completa obra, principalmente son analizados los distintos tipos de armas japonesas cuyas funciones bélicas fueron orientadas a causar el mayor daño posible a las fuerzas aliadas a través de ataques suicidas. Ciento sesenta páginas con descripciones detalladas tanto de las armas como de las batallas en las que estuvieron presentes, que junto a los efectos morales, daños materiales y humanos que provocaron, dimensionan esta tragedia humana que aún hoy en día en nuestra sociedad occidental sigue causando sentimientos contradictorios donde se mezclan el asombro ante la autoinmolación, con la incomprensión moral y ética de esa entrega voluntaria de la vida en una acción suicida por desesperada que fuera la situación en una guerra. Los lectores de Lux Atenea Webzine interesados en estos temas podrán encontrar valiosa y completa información en este libro en referencia a las armas suicidas japonesas de la Segunda Guerra Mundial, destacando entre ellas: los torpedos tripulados tipo Kaiten (cabeza explosiva de 1.350 kilogramos y 40 millas de alcance), submarinos gigantes de la clase “I” (podían transportar hasta seis Kaiten), los submarinos de cinco hombres Koryu, los submarinos de dos hombres Kairyu, las lanchas motoras suicidas Shinyo, las bombas tripuladas Yokosuka MXY7 Okha (con motores de cohete de 40 kilómetros de alcance llevando 1.190 kilogramos de explosivos), las bombas tripuladas Kikka (con turboreactores), las bombas tripuladas Shinryu (bombas de planeo con cohetes de combustible sólido para el despegue), el avión suicida Nakajima Ki-115 Tsurugi, el Toka (versión naval del Tsurugi), el bombardero medio rápido Yokosuka P1Y1 Ginga, el bombardero de un solo motor Nakajima B6N2 Tenzan, el caza Mitsubishi A6M Reisen (Zero), el bombardero en picado Yokosuka D4Y Suisei, el bombardero Mitsubishi Ki-67-I KAI (versión suicida del Ki-67 Hiryu), el bombardero Mitsubishi G4M, y el avión suicida Kawanishi Baika (inspirado en la V-1 alemana). “Armas Suicidas”, patriotismo y sacrificio en el Japón de la Segunda Guerra Mundial. ¡¡¡Disfrútenlo!!!

“El vicealmirante Takijiro Onishi, creador del cuerpo de kamikazes y partidario acérrimo de la guerra suicida, puso fin a su vida en las primeras horas del 16 de agosto (Tokio, 1945).

Muy distinto al de Onishi fue el suicidio del vicealmirante Matome Ugaki, uno de sus subordinados. El 14 de agosto, el Cuartel General de la Marina en Tokio ordenó que se suspendieran todos los ataques de kamikazes. Pero cuando Ugaki, Jefe de la Quinta Flota Aérea, supo que Japón se iba a rendir, decidió que su deber era no cumplir la orden, y que, al contrario, debía disponer un ataque suicida como acto de desafío. Con otros diez kamikazes siguiéndole, despegó del aeródromo de Oita y se dirigió a Okinawa para atacar a los barcos enemigos. Ninguno de ellos volvió (15 de agosto de 1945).
 

El mariscal Sugiyama, ex ministro de la Guerra, preparó cuidadosamente su suicidio para obtener el máximo efecto simbólico. El día en que sus tropas fueron desmovilizadas, el mariscal se mató de un tiro mientras su esposa se apuñalaba ante el altar sintoísta de su casa.
 

El suelo de la Plaza Imperial, situada ante el palacio del emperador, se vería encharcado de sangre de suicidas durante los días que siguieron a la rendición final.”

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Lux_Atman

Artículo Nº:  1.341
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