jueves, marzo 05, 2009

SYLVIA PLATH "ANTOLOGÍA"


Publicado por: VISOR LIBROS.
ISBN: 84-7522-929-8 Edición: 2003

“Estoy serena, estoy serena, es la serenidad que precede a algo espantoso.”

Sylvia Plath (27 de octubre de 1932, Boston, EE.UU – 11 de febrero de 1963, Londres, Reino Unido) es una de las poetisas que más experimentó con el arte de la metáfora. El excelente uso que realiza de la oposición simbólica como estilo ideal para ensalzar, como por ejemplo, la montaña y el mar (estático y dinámico), el negro y el rojo (la muerte y la vida),… la convierten en una figura de referencia. Sus palabras afiladas, sobresalen desafiantes para someter a una gran tensión emocional al lector que decida deambular por sus versos. Escribiendo con un lenguaje personal sin comparación posible, sentirán cómo Sylvia Plath se veía como una rara excepción en este mundo. Algo indescriptible le impedía poder identificarse con lo corriente, con esa normalidad que le rodeaba y le ahogaba. “La malignidad de lo cotidiano”, como a ella le gustaba decir, le llevó a escribir poemas que gritan de angustia, con versos que nos hablan de una condena para toda la vida. Sylvia Plath analiza la vida, y llega a la conclusión de que todo esto es un gran engaño. Su gusto por lo siniestro, por lo oculto, por el mundo de los muertos, de los espíritus, por ese mundo oculto que, en ocasiones, interactúa con nuestro mundo, orientan su estilo poético hacia una visión mística de la existencia en la que la soledad es sentida como un estado no solicitado ni deseado.

“Olor a años que arden.”

Grandiosos son sus poemas “Event”, “Childless woman”, “Apprehensions”, “Winter trees”, en los que se respiran deseos de liberación propios de un ángel al que le han cortado las alas para que no pueda escaparse de esta jaula llamada Tierra. Pero Sylvia Plath es una mujer con una extrema sensibilidad. Sensibilidad, ese billete que le permitirá subirse indefinidamente en la montaña rusa de las emociones. Unas veces estará arriba, en la cúspide de la felicidad; otras, en cambio, caerá a toda velocidad hacia el fondo con el estómago encogido. En unas ocasiones, se muestra radical e impactante (“Borracha como un feto sorbí la teta de la oscuridad”), en otras, se encuentra esperanzada tras bañarse en el idealismo (“volaré por la boca del cirio como una polilla inquemable”), para luego caer en la más profunda de las simas (“envuelta en toda esta luz estoy perdida, perdida”). Obviamente, Sylvia Plath nunca llegó a identificarse con su propio cuerpo, un cuerpo que veía como una celda para su alma (“Y yo habito mi propia imagen de cera, el cuerpo de una muñeca”), y del que trataría de escapar. Hasta la propia condición femenina le resultaba insoportable en su faceta maternal. Y a alguien que ve el cuerpo como una cárcel, no podía aceptar convertirse en un constructor de prisiones y guardia penitenciario de otra alma. A pesar de todo ello, acaba teniendo hijos. Más presión emocional para una personalidad que necesitaba urgentemente una base sólida en la que poder apoyarse.

“Aún nos veo, flotando, inseparables: dos muñecos de corcho.”

Sylvia Plath ve el Amor y la pareja como un oasis intelectual. Como un refugio en el que el apoyo incondicional es la norma. Y se casa con otro poeta, Ted Hughes (un poeta marcado por la sombra del suicidio -Sylvia Plath, Assía Guttman-), como un acto ideal hecho realidad: una casa de poetas. Pero la soledad, al tratar de ser aplacada con una maternidad no deseada y con las largas ausencias de su marido por norma de convivencia, provocan que el silencio y la angustia se apoderen de su alma. Sylvia Plath quiere ser amada, quiere sentir la pasión recorriendo su cuerpo, pero solo encontrará ternura en su lugar, un sucedáneo barato del Amor. "Amor es la espina dorsal de mi maldición” será su lamento poético en un ser que amaba la noche, pero cuando esta llegaba, solamente se encontraba cara a cara con una Luna desolada y triste. En estas condiciones, Sylvia Plath acaba preguntándose en otro de sus versos “¿cómo salir de la mente?”, una pregunta dirigida directamente a la razón para no ser contestada. Con un estado emocional al límite, en el año 1963 Sylvia Plath se suicida inhalando gas. Pese a depositar una nota escrita encima de una mesa antes del acto final (“Por favor, llamen al doctor…”), jugó con el suicidio como si fuera una ruleta rusa (tal y como había estado haciendo durante la mayor parte de su vida), pero en esta ocasión, en el tambor había quedado una bala en lo más alto. El gancho en el que se cuelga la carne se convertiría en ese símbolo que persistirá en sus versos como único testigo de su profundo dolor. “Antología”, versos escritos con la misma tinta indeleble de las cicatrices. ¡¡¡Disfrútenlo!!!

“Del tren en el que voy nadie baja”

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Lux_Atman

Artículo Nº: 354
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