sábado, febrero 02, 2008

MADELEINE BOURDOUXHE “LA MUJER DE GILLES”.

Publicado por: EDICIONES SIRUELA, S.A.
ISBN: 84-7844-660-5 Edición: 2003

”Duerme mal cuando no está él.”

Desde muy pequeño he visto el mundo femenino como un universo inmenso en donde el ser masculino encontrará respuestas a gran parte de sus preguntas existenciales. La mujer, esa visión de la vida desde una óptica más armoniosa, sin perder la inocencia, y en donde Eros siempre se encontrará como en casa. Lo masculino, lo vital, la fuerza, el valor, el carácter y el constante reto ante los desafíos, acostumbra a adentrarse en el universo femenino con tal ímpetu, que acaba siempre convirtiendo su paso en una extensión de sus dominios y posesiones, pese a no ser estos suyos, ni siquiera la más insignificante porción de aire que respire. Con esas actitudes, es más fácil convertir el paraíso en un completo infierno, en vez de entrar con absoluta modestia en la mayor biblioteca del Saber a la que tendrá nunca acceso.

“Élisa se entrenó para sufrir sin llorar.”

Dentro de la literatura, los libros que han sido gestados por escritoras me han resultado de lo más reveladores e interesantes, y uno de los libros que más me ha cautivado ha sido “La Mujer de Gilles”. Escrito por Madeleine Bourdouxhe y publicado en el año 1937 en Bélgica, su país de origen, “La Mujer de Gilles” es una novela que nos narra la trágica historia de Élisa, una mujer apasionadamente enamorada de su marido. Lo amorosamente idílico es de corta duración en la vida, y al final, la cruda realidad siempre se acaba imponiendo, sumergiendo a Élisa en medio de un triángulo amoroso que le llevará a tomar una inexorable y radical decisión sobre su existencia.

“Y ahora estaba ella allí, sola, sentada en un montón de piedras, cansada y aterida, con un amor que pesaba algo más de la cuenta.”

Obviamente, Gilles es el nombre del marido de Élisa. A Gilles, como típico hombre unido a una mujer, le resulta cómoda y sencilla la relación que mantiene con Élisa, pero su pasión y deseo se desatará incontrolablemente al conocer a Victorine, la hermana menor de su mujer. El triángulo se establece definitivamente, quedando Gilles entre la costumbre convertida en sentimientos hacia Élisa y la pasión a satisfacer a través de Victorine. Amor y pasión, un todo que Élisa considera Uno pero al que Gilles ha decidido separar tratando de convertir esa dualidad en un supuesto mundo perfecto en el que moverse según le plazca. Unidad versus Dualidad, Élisa versus Gilles, aceite y agua tratando de unirse.

“Se avergüenza de su debilidad...”

El espíritu romántico, la magia del Amor se rompe en cuanto la ciegamente apasionada Élisa toma conciencia de ese triángulo amoroso que ni comprende, ni desea, sino que es tomado como un puñal clavado en lo más profundo de su corazón. Un puñal hundido en su amor ideal, que lo desangrará hasta acabar con su vida, y sin ese amor, ¿Qué sentido tiene la vida? ¿Qué sentido tiene su relación con Gilles? Si la vida la ha traicionado tan cruelmente ennegreciendo la pureza de su Amor, ¿cómo podrá de nuevo amar con esa pureza tan necesaria, con esa pureza tan deseada? El jarrón se ha roto, y ni el mejor de los restauradores volverá a devolverle su belleza, su firmeza, esa existencia única que lo hacía especial en el Universo, iluminando a aquellos que lo amaban.

“¡Y qué más le darán la salvación de su alma y el espectáculo de su vida futura! Lo que esperaba era una ayuda para reconstruir su vida terrenal...”

Gilles oculta a Élisa la relación secreta que mantiene con Victorine, pero como hombre en relación con una mujer, ignora y menosprecia el valor de ese sexto sentido femenino. Un sexto sentido que desvela lo oculto, que señala claramente observando simples pruebas aparentemente insignificantes, un sentido que habla sinceramente al interior, al Yo, aunque ese Yo no siempre quiera creer ni saber aquello que le es mostrado con nitidez. De esta forma, Élisa pasará de vivir en una dulce nube junto a Gilles a arder en el infierno del desamor. A partir de ese momento, la palabra Amor pasará a escribirla con la roja tinta del Dolor. La pureza de la cristalina agua espiritual pasará a ser la salada lágrima del sufrimiento terrenal.

“Y aquel otro día en que Gilles vuelve con la marca de una herida pequeña en el labio que deja mucha más cicatriz en el corazón de Élisa que en el labio de él.”

Y es que el hombre actúa y ejecuta acciones sin tener consideración alguna hacia los sentimientos de la mujer a la que unió su destino. El hombre ve algo, y si se siente atraído por ello, ya lo quiere poseer sin pensar en las consecuencias de tal posesión. El mundo, las mujeres, los placeres,… todo ha de ser suyo si él lo desea. La satisfacción del eternamente insatisfecho Ego es el objetivo principal de su existencia, de su vida, y para rizar aun más el rizo, se queja de la falta de autenticidad que aparece con el tiempo en todo aquello que posee. Quiere que todo siempre sea tan puro e intenso como al principio, pero sin hacer nada para que eso así sea. Quiere ser eternamente el líder, el rey poderoso que es venerado intemporalmente con la mirada del ser poseído. Racionalmente traiciona a aquellos ojos que lo endiosan, e irracionalmente exige que pese a traicionar, sea considerado como justo. Y eso que exige a la mujer es imposible.

“Con la cabeza vuelta hacia la parte de fuera de la cama, llora con sollozos breves y ahogados, tapándose la boca con un pañuelo para no despertar a Gilles.”

Podría estar hablando más y más sobre este asunto crucial en la existencia humana desde que el mundo es mundo, pero prefiero que el lector trate de entender ese mundo femenino, que trate de comprender que sus valores no siempre coinciden con los valores de la mujer, y que no se puede tirar la piedra y esconder la mano en una relación de confianza y entrega con una mujer, sin pagar existencialmente por ello. La vida ha sido así creada, y el hombre tiene la gran suerte de tener a la mujer como perfecta guía en su búsqueda de la razón de ser. Todo lo demás, todos esos falsos conceptos de lo masculino, de lo macho, de cómo debe comportarse con una mujer no son más que piedras lanzadas contra su propio tejado. Incluso diría que son antorchas lanzadas contra el tejado de su casa de madera, y una vez esta arda, difícilmente será posible que el mismo hombre se encuentre en armonía con su propio ser. “La Mujer de Gilles”, la tragedia de la pura pasión apuñalada por el fugaz placer. ¡¡¡Disfrútenlo!!!

“Estás sola ante el mayor dolor de tu vida.”

Lux_Atman

Artículo Nº: 257
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